DALIA
Desde el norte del estado de GuerreroArchivos para Julio, 2007
El mejor tiempo
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Creo que esta época del año inspira a muchos, el ambiente húmedo, el olor a tierra mojada y la sensación de limpieza que se puede apreciar más aun en la provincia nos cae muy bien, sobre todo después de un calor que arrecia año tras año.
Hace ya un tiempo, cuando estaba haciendo mi servicio social en la ciudad de Iguala, en la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, diariamente, en punto de las 8:00 a. m me trasladaba a ese lugar… esperaba y abordaba el autobus a orillas de la carretera federal México-Acapulco. Recuerdo que el mes en que inicié mi servicio fué en enero; en Taxco hacía frío, pero al llegar a Iguala bueno… qué les digo… ahi nunca hace frío (lo curioso era ver a los lugareños con sueter!!! diciéndome ¿no tienes frio?!!!)
Poco a poco el calor volvió, como siemre lo hace con la llegada de la cuaresma. Debo admitir que fue muy duro para mi adaptarme a ese clima, porque además de estar haciendo mi servicio social, también estaba cursando el semestre en el campus de esa ciudad… sufrí.
Pero buen, creo que me estoy desviando del tema que nos ocupa y que son “las lluvias”.
Como decía, diariamente tomaba el autobus a Iguala y esos 45 minutos de camino se convirtieron poco a poco en un maravilloso paseo diario. Siempre buscaba un asiento en el que el lado de la ventana estuviera libre… de preferencia los dos, para ir más agusto. Clavada la mirada fuera del autobus veía todo cuanto había.
El paisaje, lo mejor. Todo seco, polvoriento, animales pastando, intentando comer algo de lo poco que hay al borde de la carretera; gente cubriendose del polvo que levanta a su paso el camión en que viajaba; pequeños rayos de sol que apenas asomaban y que al contacto con el cristal de mi ventana me permitían ver mi imagen reflejada, evidenciando un rostro desmañanado.
Minas Viejas, Tecalpulco, Taxco el Viejo, Puente Campuzano, El Naranjo. Cada lugar distinto, hermoso para quien quiere verlo hermoso; único para quien no puede haber más. Esos poblados eran mi paso diario, las paradas obligadas del chofer… sea que subieran, sea que bajaran. Gente de todo tipo -estudiantes la mayoría- de todas las edades.
Conforme fué pasando el tiempo esa rutina se volvió más y más agradable; ya no resultaba tan ajeno a mi todo aquello. Me gustaba.
Por fin las lluvias llegaron y con ellas trajeron una gama de colores que día día se fueron apropiando de las inmensas montañas que preceden a las planicies igualtecas. El río Tecalpulco fué llenando su caudal; primero con aguas revueltas, “chocolatosas”; después cristalinas y limpias-salvo una que otra bolsa de basura atorada en las grandes raices de los árboles que bordean al río-. El más feliz con esta bella transformación es definitivamente el ganado que sin regulación alguna pasta en los bordes de las carreteras.
Así fué pues, cómo ante mis ojos y de una manera casi imperseptible, todo se tornó lleno de vida, de armonía y de paz, dejando atrás los días de calor insoportable, sequía y polvo.